viernes, 10 de diciembre de 2010

La primera curva

Y al llegar a la primera curva es cuando descubres que no sabes conducir, que has llegado hasta allí por suerte o por inercia, porque hasta ahora el trayecto ha sido sólo en línea recta.
Toda esa seguridad y confianza que tenías desaparecen al instante. Aferras fuertemente el volante, como intentando que no se escape, pero resbala entre tus dedos. Las puertas no se abren.
Incapaz de controlar la situación intentas girar una y otra vez, aun sabiendo que todo esfuerzo es en vano.
Miras hacia delante y tu vista se encuentra con el muro al que te acercas inexorablemente y a gran velocidad.
Con una mano aun en el volante y otra en el cinturón, miras de nuevo al cielo en busca de esa última esperanza de que Superman ( o quizá Spiderman) acuda a salvarte.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Tierra roja


Continuó caminando, cada vez más deprisa, sin parar. Y no veía nada más allá de la tierra roja donde debía dar el siguiente paso.
El polvo le cubría por completo, mimetizándolo con el enterono, y aunque él no lo notaba, los ojos le lloraban desde hacía largo rato.
Ensimismado, siguiendo el rumbo marcado hacia algún lugar desconocido, continuó por aquel camino que tantos antes habían recorrido, y el que casi ninguno se había atrevido a dejar, por miedo a perderse y no llegar a esa desconocida meta.
Apenas dormía lo justo para descansar y emprender la marcha de nuevo al alba y comía aquello que tenía a mano, sin poner ni un pie fuera del camino.
Sin noción del paso del tiempo, se deslizaba arrastrando los pies, rodeado de un monótono paisaje en el que de vez en cuando se distinguían a lo lejos algún bosque o una montaña nevada. Pero él no se percataba de esto, no veía nada más que aquella tierra roja.
Y finalmente llegó a su destino. De alguna manera notó que era aquella su meta y levantó por primera vez la vista del suelo, fijándola en la inmensa llanura roja que se extendía ante él.
Pasó unos minutos extasiado, mirando aquella roja inmensidad hasta que se percató de que algo se movía. Y no era algo en la planicie lo que se movía, sino toda ella, pues estaba viva. Y se dio cuenta de que no era tierra lo que él había tomado por una llanura roja sino personas, las miles de personas que antes que él habían recorrido aquel sendero quedando también cubiertas por el polvo rojo y que ahora permanecían ahí, de pie, unas junto a otras sin inmutarse, aguardando algo.
Se internó en aquel mar de gente en el que no se distinguían hombres de mujeres, blancos de negros y se quedó ahí, al igual que todos ellos, a la espera de algo que ignoraban, pero felices al sentirse aceptados y parte de aquello.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Banderas

Y harto de banderas, himnos y fronteras, comenzó a guardar un trozo de tela de cada lugar que significaba algo para él. Reunió retales de todos los tamaños y colores que le traían olores y recuerdos.Y tras coserlos juntos, los colgó del balcón de su casa orgulloso de aquella bandera de ninguna y de todas partes, que no conocía fronteras ni tiempo. Y él, que se había reido de todos los símbolos, miraba con orgullo aquella tela, encontrando siempre con la mirada algún retazo ya olivdado con el paso del tiempo que le hacía sonreir al recordar su origen. Y no dejó de crecer la bandera al tiempo que él envejecía, hasta el punto en que cubrió por completo la pared de su casa.
Y cada vez que alguien le preguntaba por su procedencía, él respondía que era la misma que la de la bandera. Y en cierta manera era cierto, porque aquella casa lo reperesentaba todo para él, su hogar, su patria y su bandera.

(Gracias Pablo, por darle el final que yo no encontraba)

viernes, 13 de agosto de 2010

Blanco, negro y gris.

Blanco y negro. Como una vieja película muda, pues dejó de sonar cuando prohibiste a tus dedos volver a bailar sobre las teclas que tantas veces habían recorrido. Te prohibiste bailar tú también, pues le dedicabas mucho tiempo, y poco a poco hasta dejaste de tararear cuando estabas por la casa.
Las películas y libros perdieron interés para ti y argumentabas que si bastante tiempo te ocupaba la vida real, como para perderlo con vidas ficticias.
Dejaste de disfrutar con los paseos, los baños en el río y las noches enteras viendo las estrellas, preguntándonos en voz alta y discutiendo con ellas. Dejaste de disfrutar también del sueño que consumía mucho tiempo.
Todo tenía que ser rápido y eficaz, y aquello que no lo fuese era innecesario, como los sentimientos y las risas.
Y comenzaste a fumar esos pequeños cigarros que no te quitabas de la boca ni para comer, con cuyas colillas llenabas ceniceros hasta que desbordaban.
Fuste apartando tu ropa de color y no perdías tiempo en elegirla, comenzando a vestir con traje y bombín grises, convirtiéndote así en uno de los suyos, en uno de aquellos hombres que no pierden ni disfrutan un segundo de su tiempo: en uno de los hombres grises.

(Homenaje a "Momo" de Michael Ende)

martes, 22 de junio de 2010

Sombras

Te asustas de las grandes sombras proyectadas en la pared. Te aterroriza tanto que no tienes valor para girarte y averiguar qué es lo que las produce. Así que continuas con el eterno miedo. Y tu imaginación, que de pronto se ve despierta y libre tras un largo letargo, decide jugar, haciendo todavía más terroríficas las oscuras proyecciones, dándoles relieve, color y hasta movimiento. Y ves en ellas todo aquello que te aterra, que parece no existir durante el día y que ahora te acosa, cuando más sólo estás. Te proteges con la manta, sabes que no sirve de nada, pero te hace sentir extrañamente mejor. No te atreves a mirar bajo la cama, aunque sabes que sólo están tus zapatillas y quizá alguna pelusa.
Finalmente, un día te decides a plantarle cara a lo que genera todas aquellas sombras. Debajo de las mantas, haces acopio de valor y cuentas hasta tres. Saltas al suelo de golpe y descubres que las sombras sólo eran un efecto del desorden de tu cuarto y de la luna llena. Al mirarla, piensas que quizá todo aquello sea la fomra que tiene la luna de sólo dejar admirar su belleza a los más valientes.

jueves, 3 de junio de 2010

La Gran Ópera del Mundo

Habló Calderón de “El Gran Teatro del Mundo”, pero más que un teatro me parece una ópera en la que cada uno interpreta su propia aria. Pero hemos pillado la obra empezada y nadie tiene el panfleto que explica el argumento. Puedes elegir ser un simple observador, tratando de entender o inventarte tu propia historia, lanzarte al escenario y cambiar el curso d ellos acontecimientos. Sin buenos ni malos, todo depende del papel que hayas adoptado. Perdido el guión, habrá que improvisar, sin saber los propios actores si están interpretando una tragedia o una comedia, ni como acabará.
Pero en definitiva, de lo que se trata es que de cuando se apaguen las luces y se oigan los aplausos, uno esté contento por haber ofrecido un buen espectáculo.
Píntate la cara de blanco y ponte la nariz roja. El público te espera. Se encienden los focos. Se levanta el telón.

miércoles, 2 de junio de 2010

Mercado

Al entrar al recinto del mercado se quedó asombrado, siempre había asociado mercado negro con algo oscuro y clandestino. Pero la plaza, aunque en un lugar imposible de encontrar sin las señas exactas, era un hervidero de color y sonidos. Los vendedores anunciaban a voz en grito sus mercancías como si de fruta o pescado se tratase.
“¡Felicidad, señoras y señores!, ¡Vendo felicidad!¡Qué cara más larga tienes muchacho!¿Qué me dices si te pongo un par de botellas? Ya verás que bien... si me compras dos te regalo la tercera...

“Ojos, piernas, pelo! Mire joven que ojos azules tan bonitos!Se te echarán todas las mujeres encima con ellos ...te los dejo a 7 oros cada uno...
Siguió deambulando entre puestos, fascinado por lo que se vendía; desde dulces sueños a horribles pesadillas, desde el piar de un pájaro hasta el olor a hierba mojada...
Era el lugar donde lo incomprable podía ser comprado. Estaba seguro de que solo allí encontraría lo que buscaba.
Avanzó un poco más hasta llegar al tenderete que buscaba. Un anciano de larga blarba blanca y vestido con una especie de hábito de monje esperaba clientes pacientemente sentado tras una mesa en la que exponía sacos llenos de arena de colores con rótulos como: “tiempo libre” “tiempo de estudio” “tiempo de sueño”...
Los observó tímidamente hasta que se atrevió a preguntar
“¿Tiene tiempo a secas?”
El hombre sonrió asintiendo , al tiempo que sacaba de debajo de la mesa un saco gris.
El joven tosió, manchando de sangre el pañuelo con el que se había tapado la boca.
“¿Cuanto le pongo?”
“Un par de meses, no más. Lo justo para arreglar los asuntos pendientes”
El chico sacó del zurrón un reloj de arena casi a punto de agotarse y dejó que el hombre lo abriese y lo rellenase. Pagó y se dio la vuelta para marcharse, pero el hombre le llamó.
“Tenga cuidado. A veces esta prórroga nos gusta tanto que la alargamos demasiado. Sino, míreme a mi”